SEMILLAS

Sigo leyendo del libro de Jorge Bucay “Cuentos para pensar” y me he encontrado con esta frase:

“En su pequeñez, cada semilla contiene el espíritu del árbol que será después”

Parece una verdad de perogrullo ¿no? Es simple de comprender, pero a mí me resonó de manera diferente.

¿Os imagináis plantar un melocotonero y esperar que te dé mangos?
Yo planté hace un par de años un melocotonero en el jardín y, hasta este año, no había tenido ninguna esperanza de probarlos, yo creo que este año ya, por fin, comeré algún melocotón de cosecha propia…pero, está claro, espero melocotones. Luego ya se verá si son más gordos, más dulces, más jugosos, o menos, pero melocotones.

Muchas veces, sobre todo en educación, se compara la crianza de los hijos con los árboles: con enderezarlos desde pequeños, con darles raíces, con que seán flexibles y puedan mecerse con los distintos vientos que los azotarán a lo largo de su vida….la comparativa parece acertada.
Sin embargo, en cuanto a nuestros hijos, y esto es un reflexión mía  por muchas creencias que he tenido yo misma, ¿esperamos a ver qué espíritu trae su semilla?
Es muy habitual que pensemos en ellos a futuro pensando en que serán de esta o de aquella manera, o incluso que nos gustaría que trabajasen en esto o en lo otro, como mucho, quizás estos deseos se basen en las capacidades que les vamos viendo, pero otras veces, ni quiera eso, desgraciadamente, deseamos que sean LO QUE A NOSOTROS NOS GUSTARÍA, vamos, que esperamos mangos sin saber siquiera que semilla había plantada.

En el caso de la paternidad biológica, estas creencias vienen determinadas, muchas veces, por una tradición familiar previa, esas familias típicas que todos son médicos o abogados, o comerciantes, agricultores….lo que sea. Hay una tendencia en ellos a dar por hecho que esos hijos traen las mismas “semillas” que las generaciones anteriores. Luego, de repente, uno te sale pintor, o músico, o bailarín y les da un soponcio a todos….

Pero ¿Y en nuestras familias adoptivas? Nuevamente, no tenemos referencias de su herencia, de su semilla y, en la mayor parte de los casos, quizá la poca información que tengamos, no sea muy halagüeña. Por lo tanto, empezamos a construir una imagen de ellos a futuro sin tener ninguna referencia, o incluso, queriendo borrar las que tenemos.
Echamos mano de la epigenética y nos convencemos de que serán como nosotros, que se comportarán como nosotros, que seguirán nuestra estela en esto o en aquello: en nuestra pasión por la lectura, por el cine, en nuestra ansia de saber… Pensamos que si nos han visto en casa trabajar duro, van a aprender que ese es el camino a seguir: esforzarse, trabajar duro, pero ¿Y cuándo eso no pasa? ¿Y cuándo ellos se empeñan en demostrarnos que NO se van a parecer a nosotros, es más, que NO se quieren parecer a nosotros?

Solo queda observar qué va brotando de esa semilla, cuidarla, regarla, acompañarla y confiar que el tutor que le hemos puesto para que crezca derecho va a sostener, que el riego va a nutrir, que el abono va a ayudar a que los frutos sean mágníficos…y respetar, sobre todo respetar su camino y aceptarlo.

 

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