TORMENTA PERFECTA

Imagen de naukas.com

No, no vengo a hablaros de Goorge Clooney en un barco engullido por el mar.

Vengo a hablaros de algo mucho más cotidiano…

¿No os ha pasado nunca en familia que, de un conflicto que parecía poca cosa, se ha formado una tormenta perfecta?

Como yo siempre digo, tener 2 hijos no es el doble de tener uno porque supone, además, gestionar los conflictos entre ellos. Eso desde siempre, quizá en la adolescencia aún más. Ya lo dice mi madre: “hijos pequeños, problemas pequeños; hijos grandes, problemas más grandes”
Las familias que tenéis más de 2 sois mis héroes, desde aquí os lo digo…

De un pequeño incidente, de repente, te haces consciente de que tiene muchas más capas que se han ido gestando o enquistando de mucho tiempo atrás.
Para colmo, cada miembro de la familia en ese momento de conflicto, lo está gestionando de una manera distinta, es difícil estar de acuerdo, eso resolvería más rápido el problema,  y  te sientes viviendo en un circo de 3 pistas, necesitas encontrar herramientas para deshacer esa madeja, hasta que empiezas a ver la luz.

Yo tengo 2 hijos ahora adolescentes, siempre han sido muy distintos, pero conforme van creciendo y van teniendo sus propias ideas, van elaborando su propia identidad, creo que la distancia se va haciendo más grande. Supongo que en las demás familias pasa lo mismo. En la mía de origen somos 4 y no podemos ser más distintos unos de otros.

Bien, esa diferencia en sus personalidades, en su manera de relacionarse, en su forma de buscar su identidad….puede dar lugar a conflictos importantes y que, incluso sin intención, se hagan mucho daño el uno al otro.

¿Os habéis preguntado que sucede si son hermanos biológicos y uno quiere saber de su familia de origen, saber qué pasó, conocerla…pero el otro  no quiere ni oír hablar de ellos? Pues que se crea una capa de conflicto, dolorosa y muy muy profunda. Y hay que intentar acompañar a ambos, claro.

¿Qué pasa si uno es muy crítico, le parece que las cosas deberían ser como él las piensa, que solo sus métodos son los buenos, que tu manera de resolver problemas no vale, que donde buscas la ayuda no está (para los que sabéis algo de Eneagrama, yo sé muy poco, un eneatipo 1 muy descentrado) y no acepta para nada la forma de hacer las cosas, de comportarse, de mostrarse, de regularse, de vincularse, del otro hermano? Pues que se crea otra capa de conflicto también muy dolorosa para ambos.

Como eso va ahí fraguándose, poco a poco, día a día, cuando explota por un malentendido, o una situación que podría haber sido fácilmente evitable….acaba siendo una tormenta perfecta.

Si eres monoparental, mal porque tienes un marrón muy interesante para gestionarlo sin ayuda;  y si eres una pareja, como es mi caso, tienes muchas, muchas, muchas posibilidades, de no estar de acuerdo en la manera de afrontar la situación, ni en como resolverla y entonces ahí ya sí que la tormenta es perfecta del todo.

Sin entrar en detalles para no herir sensibilidades, os diré que he vivido en medio de una de estas tormentas durante el último mes, y finalmente, parece que la vamos resolviendo adecuadamente, pero os puedo asegurar que, en muchos momentos, no las he tenido todas conmigo.

Ha sido complicado negociar una estrategia común entre nosotros los adultos: a mí me pilló con más calma (a ratos) pero a mi marido no tanto, o al menos no estaba por ser tan paciente en algunos aspectos. Así que tuvimos que sentarnos y ver que “innegociables” íbamos a exigir, que plazos íbamos a dar, y como íbamos a gestionar la convivencia mientras tanto. Y lo conseguimos, no fue fácil, no fue rápido pero se logró.

A la que había sido más agraviada con este conflicto, pero también estaba por poner más de su parte para solucionarlo, había que llevarla en “palmitas”, todo nuestro apoyo, nuestra presencia, validar sus sentimientos, escucharla, dejarla llorar, apoyarla, concederle algún capricho para recompensar todo lo que estaba poniendo por su parte y la paciencia que le estaba echando a la situación.

Al que estaba más duro, y también lo estaba pasando peor porque estaba poniendo en duda el vínculo, no se sentía parte, no entendía el dolor del otro, no se dejaba cuidar….ahí ha habido que echar el resto. Toda la paciencia que no sabía que tenía, hacerte presente aún cuando no te esperaba para que entendiera que lo ibas a ir a buscar siempre, donde hiciera falta; escucharle aún cuando tuvieras que morderte la lengua para no contestar a lo que decía y que no podías ni explicarte como lo estaba diciendo (aquí el autocontrol y tener consciencia de lo que nos podía disparar han sido imprescindible)….darle su tiempo, su espacio, y recordarle día sí y día también los valores de una familia…

Y hasta he echado mano de un recurso que no había utilizado nunca hasta ahora pero que me ha venido muy bien: una red de apoyo.
Una red de apoyo que me tuve que inventar sobre la marcha y que no sabía ni que tenía, pero que ha tenido un papel crucial en la resolución final de todo esto.

Al final, han sido unas semanas muy difíciles, pero también hemos aprendido todos mucho ¡Espero!
No voy a decir que esté todo superado, no estamos en un capítulo de “La casa de la pradera”, queda mucho por hacer para que sigan construyendo su identidad, y su personalidad pero no confrontando con el otro, sino sumando cada uno lo que tiene de bueno, que es mucho.

Como madre, para gestionarlo, me han venido muy bien herramientas que he ido adquiriendo poco a poco: autocontrol, consciencia de mis propios disparadores, presencia, escucha, verlos a cada uno en su dolor y no solo en su conducta, ser creativa para intervenir….he hecho estas semanas cosas que no había hecho otras veces, y eso también ha sido un aprendizaje.

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